16 de febrero de 2012

Infierno Azul


                
El zumbido del despertador volvió a invadir, inmisericorde, la oscura habitación a las seis y media de la mañana. Alzó la mano que tenía más cerca de la mesita de noche y con un delicado toque apagó el bronco sonido que la arrancó de sus ensoñaciones. Abrió los ojos sin pereza. Se levantó enérgica dirigiéndose hacia la ventana. Izó la persiana y contempló como irrumpían los primeros vestigios del amanecer. Un espectáculo único de luces y sombras que podía disfrutar en el horizonte.  Y se dispuso a prepararse para empezar su rutina.
 Enfiló sus pasos  por el mismo itinerario que acostumbraba a seguir a diario, durante algo más de un kilómetro, descendía por la avenida principal hasta llegar al final de la zona urbanizada, adentrándose  en caminos de tierra, hasta aproximarse a la orilla del mar. Aunque correr por la arena suponía más esfuerzo, fortalecer en mayor medida su cuerpo, le reportaba más satisfacción.  Su única compañía: un aparato reproductor de música sujeto al brazo  que le ayudaba a mantener el ritmo.  Nunca olvidaba ponerse un chaleco reflector para evitar accidentes por la falta de luz. 
Aunque su madre siempre le advertía de que no lo hiciera sola a esas horas, su impetuosa juventud le hacía ignorar sus consejos, ¿qué podría pasarle? En su recorrido siempre se encontraba con más gente que, como ella, prefería esas horas para practicar deporte. 
Pero esa mañana, algo fuera de lo normal llamó su atención.  A escasos metros de casa observó un vehículo sin luces con dos individuos dentro, tímidamente iluminados por una farola situada en las proximidades del coche. No era lo acostumbrado. En aquella urbanización, todas las casas disponían de garaje propio  quedando la calle  desierta a esas horas.  Por un momento, se alertó al verlo allí. Pero al no advertir ningún  movimiento de los ocupantes decidió  no prestarle más atención de la que creía merecía.

–Hija, ¿has vuelto ya? –preguntó su madre al verla entrar por la puerta. Virginia siempre se levantaba cuando la escuchaba salir  a tan intempestivas horas para ella y sentada en el sofá del salón podía observar su camino de vuelta una hora y media después. Sentía miedo por ella. Le resultaba imposible apartarlo de su mente por mucho que le dijera su marido y su hija que no había razón para sentirlo. Y cuando entraba en casa, siempre disimulaba estar preparándose para salir a trabajar.
–Sí, mamá. –se acercó hasta el aparador donde  Virginia atusaba su peinado, y dándole un beso en la mejilla prosiguió–.  Voy a ducharme. –Subió las escaleras hasta su dormitorio, dejando la puerta entornada.
Encaminando sus pasos hacia la puerta de casa, Virginia exhaló el aire que había contenido en sus pulmones durante la ausencia de su hija. Más calmada,  miró hacia arriba;  desde la planta inferior se podía ver la puerta del dormitorio de su hija a través de la balaustrada, y  con una media luna sardónica en sus labios  cogió su bolso del mueble que tenía junto a ella  y salió de casa.
<***>

Después de una cena en la que siempre se reunía la familia al completo, Lucía junto a sus padres, se acomodaba en el salón para compartir las últimas horas del día. Frente a un televisor sin volumen, comentaban la jornada.   Con una taza de té al melocotón, las dos mujeres de la casa, disfrutaban de la compañía del cabeza de familia. Presidente una compañía farmacéutica, Rafael Siscar, vivía su trabajo intensamente, pero al atardecer su vida giraba en torno a su familia. Acomodados en amplios sillones, charlaban animosamente sobre cualquier cosa.

–Este fin de semana quiero ir a navegar. –comentó Lucía, tras unos instantes de escaso silencio.
– ¿Con quién irás? –quiso saber Virginia. Un nuevo latigazo le recorrió todo el cuerpo.
– Creo que iré sola. Va a hacer buen tiempo y me gustaría desconectar. –respondió.
–No creo que sea conveniente que lo hagas sola –dijo volviendo la cabeza hacia su marido–.  Que vaya alguna amiga contigo –de alguna manera su madre quería hacerla entrar en razón. Salir sola en barco era un peligro constante.
–No pasará nada, mamá. No saldré de la bahía y ya tengo ganas de sentir el mar. –Intentaba tranquilizarla; sabía cómo era su madre y lo aprensiva que podía resultar a veces.
–Rafael, dile algo tú –instó Virginia a su marido–. Sabes que en el mar siempre hay peligros.
–Tranquila, cariño.  –Comentó él–  Nuestra  hija aprendió con el mejor, es decir, conmigo. Sabes perfectamente que se maneja muy bien en el barco. Y es cierto.  El tiempo la acompañará todo el fin de semana.
Pero esas palabras no calmaron en absoluto el ánimo de la mujer. Consiguieron, sin embargo, que se instaurara en ella, de nuevo, el temor que sintió una vez.

<***>
La mañana del sábado amaneció muy tranquila.  El sol empezaba a desperezarse lanzando sutiles rayos que, poco a poco,  iluminaban la bahía almeriense.  Mucho antes de todo ese fulgor los ágiles pasos de Lucía, acompañada por su padre, corrían por la eslora del yate familiar acomodando todos los bártulos que necesitaría para su escapada que, aunque corta, estaba segura iba a disfrutar.  El mar, el sol, un buen libro y buena música serían suficientes para amenizar las horas que tenía por delante del fin de semana. 
–Cariño, ve con cuidado. –Le dijo  Rafael a su hija-  Aunque el mar esté tranquilo, mantente siempre alerta, ¿vale?
–Sí, papá. –Respondió  pueril– Tú me enseñaste a hacerlo. –Recuperó la seriedad en sus palabras–  Además, podrás ver el barco desde la ventana de casa. –rieron al unísono.
–Vale, cielo. Pero el móvil siempre disponible, ¿de acuerdo? –sabía que tenía que tranquilizarse así mismo –. Y no olvides conectar la radio.
– Sí. No te preocupes más. –Rogó Lucía ansiosa por salir al mar– Estaré bien y tu yate también.                    –continuaron  las risas.
–Venga vete ya, -farfulló él resignado–  si no te quieres perder el sol del mediodía.
–Adiós, papá. –el barco empezaba a moverse y lentamente, despegándose del amarre, comenzó la travesía.

Sujetando con decisión  el timón, Lucía se despedía de su padre con el brazo levantado moviéndolo de un lado para otro, recibió la misma despedida  desde tierra.   Inspiró con ganas inundando  sus pulmones con  el olor del mar; la esencia que desprendía le hacía sentirse bien, sentirse libre.  Qué pocos placeres como ese podía disfrutar.

<***>

TRES AÑOS ANTES

Las puertas del ascensor se abrieron puntualmente a las ocho de la mañana, el reloj que se divisaba a escasos metros de las mismas aseveraba, cada día,  la puntualidad de Rafael Siscar.  Directo a su despacho saludaba con amabilidad a todos los que se encontraba en su camino: la cordialidad era una de sus mayores virtudes.  Su rutina diaria lo empujaba siempre a abrir el correo electrónico nada más sentarse frente al ordenador. Su bandeja de entrada arrojaba multitud de correspondencia: reuniones postergadas o canceladas, informes trimestrales de las demás delegaciones… pero uno de ellos le llamó especialmente la atención. El asunto rezaba en mayúsculas: SU VIDA DEPENDE DE USTED.  Al abrirlo, el contenido le resultó espeluznante.

“Un inminente peligro se cierne sobre su hija,
La están vigilando muy de cerca.
Protéjala con su vida si es preciso.
No ignore este aviso, podría ser letal para ella.
Si no me cree observe las fotos.”

 En las  imágenes adjuntas que descargó se veía claramente la rutina que hacía su hija día a día. El buen talante con el que le gustaba empezar la mañana se fue trasformando en ira,  acrecentándose aún más con cada nueva foto que iba viendo. Su única hija estaba siendo vigilada y no había notado nada fuera de lo normal y sin embargo un peligro la acechaba. 

Releía continuamente el mensaje. En un reflejo espontáneo, cogió su móvil y llamó desesperadamente a su hija. 
– ¡Hola! ¿Qué hay, papá? –Hacía menos de una hora que habían hablado los dos.
–Tengo una llamada perdida tuya, ¿me has llamado? – no le iba a confesar el verdadero motivo de su llamada, por lo que inventó una excusa.
–No, papá. Será de otro día. ¿Te has fijado bien?
–Pues si no lo has hecho, será de otro día, hija. –se tranquilizó al ver que su hija estaba bien y sobre todo localizable.  –Ya sabes que estos móviles tan modernos me traen de cabeza. Bueno, te dejo entonces.  Un beso, hija.
– Otro beso para ti.  Ciao.
–Adiós preciosa. –y colgó.
No pasaron dos segundos y empezó a buscar el número  de su mujer.  Marcó. Después de cuatro tonos, respondió:
–Hola, cariño  –saludó
–Tenemos que vernos en mi despacho ya. ¿Puedes venir ahora?
– ¿Ha pasado algo? –Al recibir esa orden, Virginia se asustó.
–Quiero que veas algo. –respondió circunspecto.
– Voy para allá enseguida –alarmada colgó y salió.

En menos de  quince minutos la señora del presidente de los laboratorios entraba por la puerta del edificio dirigiéndose como una flecha a los ascensores.
– ¿Qué es lo que pasa? –inquirió Virginia abriendo la puerta del despacho de Rafael.
–Ven, acércate al ordenador y lee lo que he recibido, –señaló a la pantalla que tenía delante–  y por favor, no te alteres –rogó conociendo el carácter de ella.
Anduvo los pasos que la separaban de la mesa y se colocó justo al lado de su marido. Tardó dos segundos en hacerlo, siendo igual de breve el tiempo en que su ánimo comenzó a cambiar.
– ¿Cómo? ¿Qué es eso, Rafael?  ¿De qué fotos habla? –el miedo comenzó a embargarla.
–De éstas. –las volvió a abrir una a una.
–Dios mío –exclamó horrorizada–.  Es mi Lucía. Pero ¿qué significa todo esto? ¿Quién te lo ha enviado? –los nervios y el estupor dominaban su carácter.
–Quería enseñártelo antes de hacer nada... –comenzó a hablar despacio cuando lo interrumpió ella.
– ¿Qué clase de negocios haces?  ¿Con qué gente tratas para llegar a esto? –Ahora no hablaba  la maravillosa mujer con la que se casó. Ahora era la madre cuya hija estaba siendo amenazada y sus peores instintos estaban aflorando.
– Te aseguro que no he hecho ningún tipo de negocio fuera de la legalidad y que impulse a nadie a hacer semejante barbaridad. –respondió tranquilo. Sabía que alterarse también él solo serviría para empeorar la situación.
–Esto es absurdo. No tiene ningún sentido. –Hablaba sin saber que decir. No daba crédito a lo que estaba leyendo.
– Ahora mismo, sólo se me ocurre una solución. –continúo él.
– ¿Qué solución? –Preguntó Virginia, girándose para mirarle directamente.
–Nos mudamos fuera de Barcelona. –habló despacio sin despegar sus ojos de las fotos.
–No podemos hacer eso. ¿Qué le vamos a decir a ella? –no daba crédito a lo que estaba viendo.
–Nada. Absolutamente nada. –Sentenció él sentado en su sillón–.  Ella no puede saber esto. Nuestra hija es una persona sensacional a la que no pienso coartar su vida porque un majadero nos haya enviado esto.
Virginia paseaba de un lado para otro por toda la oficina, con uno de sus brazos rodeaba su cuerpo mientras con el otro masajeaba su frente, como si con ello pudiera borrar los últimos minutos de su vida.
–Tendremos que decírselo.  ¿Cómo le vamos a decir que nos trasladamos sin darle un motivo?
–No, ella hará su vida normal. Yo me encargaré de que todo vaya bien. –arguyó él categórico.
–Si no le decimos nada, querrá quedarse aquí. – Dijo adusta– Tiene que saber que debe andar con cuidado. –consternada, golpeó todo lo que encontraba a su paso.
El presidente de SISCOM la miraba desde su mesa; aunque sus ojos estaban puestos en ella, su mente voló intentando averiguar un motivo para aquella situación.

<***>
Conducía su coche de vuelta a casa tras dejar a Lucía en el barco. Las luces de la carretera comenzaban a apagarse dejando que el amanecer cumpliera su función. Mientras,  su cabeza no paraba de darle vueltas al mismo tema. No sabía cómo protegerla más de lo que hacía. Tal vez fue un error no advertirla del peligro que corría y  comenzó a pensar que Virginia tenía razón al no querer que navegara sola.
–Debiste haberle impedido que saliera sola, Rafael. –espetó Virginia cuando este llegó a casa. Sentada  en el mismo sofá en el que cada día esperaba a su hija, ahora lo hacía con su marido.
– ¿Y contarle la verdad? –Respondió acercándose a ella- ¿Quieres tenerla recluida en casa todo el día? -reprochó molesto–. No vinimos a Almería para eso… –frente a ella, movió los brazos aún más categórico.
–Me da pánico que le pueda suceder algo, –asustada se levantó acercándose a su marido–,  eso lo entiendes, ¿verdad?
–También es mi hija, cariño. Y créeme que solo pienso en su bienestar  más calmado se acercó a ella y con un fuerte abrazó intentó ahuyentar ese miedo que también él sentía en demasiadas ocasiones.   
Su hija tenía que llevar su vida de siempre y cambiársela sin más hubiera sido caótico para ella. Con una verdad a medias y  la  promesa de que sería temporal  aceptó, no sin cierto desagrado, el traslado aunque ello significará renunciar a muchas cosas. No podía arrebatarle también sus escapadas al mar que, en numerosas ocasiones disfrutó en la ciudad Condal. Desde que la  residencia familiar estaba tan lejos de su verdadero hogar no recibieron  más noticias como la que propicio su marcha y ese fue el motivo por el que no se negó a que gozara del mar, una de las mayores pasiones de su hija.
¿Habría  pasado ya la amenaza? Con todas sus fuerzas deseó que así fuera. 

<***>

Anclada en aquella inmensidad que le transmitía una placentera tranquilidad, gozaba del tenue balanceo  del yate. Tumbada boca abajo, en cubierta sobre una toalla, disfrutaba con el abrazo del cálido sol de enero que desde su posición enviaba, a raudales,  tibios mensajeros de su labor.   En ese momento, no había más deleite que sentir  la fuerza de la naturaleza en estado puro.  El cielo, completamente despejado, teñía el mar con su color.  Las pequeñas crestas de la marea chocaban con el casco del barco rompiéndose en multitudinarias gotas de espuma blanca. 
Pero aquella calma resultó demasiado efímera.  Un fuerte golpe la alertó abstrayéndola de su sopor.  Levantó la cabeza y mirando hacia proa, no consiguió localizar el foco que produjo el estruendo.  Observó nuevamente a ambos lados, nada.  A estribor y babor, no existía nada que pudiera alterar la placidez en la que estaba sumergida, entonces ¿de dónde provenía ese ruido?  
Se incorporó apoyando los codos y se irguió hasta quedar sentada. Todo seguía en calma desde esa nueva posición.  “¿habrá sido algún pez que ha chocado?”  
Alzó la vista hacia el cielo, aunque no esperaba encontrar nada allí que le diera una explicación.
Desde detrás algo le tapó la cara; la oscuridad empañó  el horizonte. Una fuerte presión le impedía zafarse de lo que la rodeaba.  Sus piernas dejaron de sostenerle mientras su cuerpo sucumbía a la gravedad perdiendo todo el control sobre él. En unos instantes, su consciencia la abandonó.  

 
Continua leyendo esta historia en Infierno Azul (II)


6 comentarios:

Bela Marbel dijo...

Ahhhhhh pero niña, como tardes mucho en colgar la segunda parte voy a Almería a buscarte ¿eh?

María Elena dijo...

jajaja, me alegra que te haya gustado tanto... creo que tardaré unos años en colgarla jajajaja. Muakis.

Isabel Keats dijo...

No te disperses con el otro relato que me tienes en ascuas!!

Pobre madre, me siento identificada...

Isabel Keats dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Jesús Cárdenas dijo...

María Elena, enhorabuena por tu relato. Mantienes la tensión y el lenguaje es selecto, aunque entendible. La verdad es que tu blog es una gozada por cómo se ve, verdaderamente ayuda a leer.
Comentario hecho por un poeta sevillano.
Te dejo caer aquí mi blog por si quisieras echarle un vistazo. Saludos.
http://reductodelaimaginacion.blogspot.com/

María Elena dijo...

Isabel, muchisimas gracias por tu tiempo. Y no me disperso estoy sumergida completamente en el infierno, jajaja.
Jesús Cárdenas. No sabes como me alegra saber que te gustó el relato. Para mí es un honor recibir halagos de un poeta tan premiado. He visitado un poquito tu blog, se nota que es de un poeta. Pensaba cambiar la imagen del mío, pero viendo que gusta tanto lo dejaré así. GRACIAS A TODOS, los que os paseis por él y le dedicais un ratito de vuestro tiempo.